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Maras y descomposición

Julio Ligorría Carballido

Llama profundamente la atención el tratamiento que se dio en El Salvador y se intenta ahora dar en Honduras al tema de las pandillas o maras. Una propuesta de tregua, con la expectativa de reducir en algo la violencia entre estas organizaciones criminales en El Salvador, parece haber trazado una ruta crítica para comenzar a resolver un problema que consume día tras día a las sociedades de nuestra región.

Por eso me parece especialmente puntual y atinado el pensamiento del exlíder guerrillero y sociólogo salvadoreño Joaquín Villalobos, quien el lunes pasado publicó en el diario El País, de España, una interesante columna llamada Tregua de maras, la ‘revolución lumpen’.

El escrito del exlíder militar del FMLN coincide con el llamado del nuncio apostólico auxiliar en San Pedro Sula, Honduras, para que el gobierno del presidente Porfirio Lobo apoye fuertemente la búsqueda de un pacto similar en esa nación. El delegado papal, Rómulo Emiliani, encabeza el acercamiento con las pandillas de ese país a pesar del rechazo que le han expresado diversos sectores.

Aún así, es tan profundo el efecto regional de estas treguas experimentales con pandilleros, que el secretario de seguridad multidimensional de la OEA, Adam Blackwell, ha vuelto a Honduras para darle apoyo al delegado del Vaticano en su búsqueda de respaldo gubernamental, aun sometido a intensa presión de los sectores conservadores del país.

La búsqueda intensiva de una tregua con pandillas en Honduras parece responder a una lógica expresada por Villalobos en El País: “La tregua de las maras en El Salvador es el experimento más avanzado de administración del delito en el continente. El drástico descenso de los homicidios en un 52% dio crédito intelectual a la tregua. Este resultado convirtió la rehabilitación de delincuentes en el componente fundamental de la política de seguridad del Gobierno y dejó la protección de los ciudadanos en segundo plano. El control de la violencia ya no dependió de las capacidades del Estado, sino de la voluntad de los pandilleros”.

De alguna manera, la hipótesis de Villalobos es un reconocimiento franco a las limitaciones de nuestros gobiernos ante la violencia. Compuesta por diversos factores, la violencia de las maras responde a objetivos e intenciones disímiles.

Las pandillas están involucradas en acciones por el control territorial para criminalidad organizada contra la población civil, hasta acciones de extrema violencia al servicio de criminalidad en alta escala al servicio de trasiego internacional de drogas, personas y armas. Los gobiernos de nuestra región deben responder a la población ante un fenómeno multifactorial, donde resolver la lucha contra las maras es un paso vital.

Sin embargo, es obvio que bajo la lógica de Villalobos, las maras se controlarán a sí mismas siempre y cuando los gobernantes ofrezcan algo a cambio que les convenza de no buscar el dinero fácil sino les permita convertirse en un poder real, socialmente aceptado y con un espacio en la estructura de nuestros pueblos.

Creo complejo el camino de una tregua en Guatemala. A medida que avanza el trabajo de presión que hace el gobierno sobre las pandillas, estas endurecen sus posiciones y avanzan en la consolidación de su poder espurio, pero a diferencia de sus símiles en Honduras y El Salvador, aquí están involucradas profundamente con la narcoactividad y no tienen mayores expectativas de tener un futuro mejor.

Aun así, observemos cómo avanza Honduras. Quizá sea ese el camino para conseguir, cuando menos, una tregua, si no una solución definitiva a este tremendo problema.

Guatemala, 19 de Junio,  2013