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Cita en la OEA

Julio Ligorría Carballido

Con solo que se comience a discutir el problema del narcotráfico desde una nueva perspectiva, se puede comenzar a hablar de un nuevo horizonte para el hemisferio en los siguientes años. Esta apertura a la discusión es el principal logro que desde ya se atribuye a la 43ª Asamblea de la OEA que, desde Antigua Guatemala, ha abierto las puertas a la reflexión sobre uno de los principales problemas que acongojan a nuestras naciones.

Tan serio es el tema, que EE. UU. ha enviado al secretario de Estado, John Kerry, al frente de una delegación de alto nivel —integrada por el secretario de Estado adjunto para Asuntos de Narcóticos, William Brownfield, y el zar antidrogas, Gil Kerlikowske— para que debata en el foro americano un tema que de alguna manera definirá cómo será el futuro de nuestros países en los siguientes años.

Brasil envió a su canciller Antonio Patriota para enfrentar el tema con la seriedad del caso, junto a los cancilleres de países miembros; todos serán observados por los presidentes Laura Chinchilla, de Costa Rica; Danilo Medina, de República Dominicana; y el anfitrión, Otto Pérez Molina.

Importante resulta señalar el peso de este esfuerzo multinacional para modificar la perspectiva de la lucha contra las drogas. La propuesta de despenalizar las drogas como parte de una nueva política sobre el tema ha conseguido sensibilizar a los gobiernos, no solo de nuestro continente, sino del mundo, pues se hace evidente que la persecución de la narcoactividad no es la resolución única de este tema; esa es una de las medidas hasta ahora impulsadas por Estados Unidos desde hace varias décadas, pero muchas veces —especialmente en el último año criticadas a todo nivel por su ineficiencia—.

Hablamos entonces de que la OEA efectúa un ejercicio multinacional de gran trascendencia sin precedentes históricos. Mientras la atención de nuestros países gira sobre aspectos puntuales como la distorsión de sus presupuestos por la lucha contra las drogas y el retraso que eso implica en el desarrollo, Estados Unidos anunció desde el año pasado una tercera vía que sin duda saltará al foro en una inusual simetría política internacional: ni perseguir como hasta ahora ni despenalizar, sino buscar cómo atender a los adictos, que no deben ser vistos como criminales sino como enfermos.

Claro está que aunque muchos presionen para definir una estrategia continental para frenar este moderno jinete del Apocalipsis, eso aún no ocurrirá. Por logro será suficiente empezar el proceso interno de discusión sobre cómo enfrentará cada país el drama de la narcoactividad.

El secretario de Estado Kerry está en el centro de la atención. Representa al país que más se ve afectado por el consumo y la narcoactividad, y de sus habilidades como negociador dependerá buena parte del resultado que la asamblea de la OEA obtenga. Kerry es un funcionario reconocido en el foro político norteamericano, como pragmático y eficaz, y enfrenta en esta reunión un escenario donde el resto del continente pide unificar criterios para revisar uno de los grandes ejes políticos de nuestro tiempo.

Para la OEA, el momento es también particularmente importante porque le confiere el rol de gran foro para resolver un gran problema. Al final y desde una posición sobriamente discreta está el presidente Pérez, quien se atrevió hace un año a plantear la propuesta que hoy agita el cotarro internacional y reaviva la fuerza de la OEA.

 

El tema es delicado e históricamente trascendente. Recibamos como primer éxito la discusión de un tema que, sin resolverse, era intocable.

Guatemala, 5 de Junio, 2013