Tan solo unos pocos días después de que se supiera del cáncer que padece el expresidente y actual   alcalde   capitalino   Álvaro   Arzú,   se   me  ha   hecho   imperioso   escribir algunas reflexiones sobre quien para mi es el último estadista que ha terminado un período de gobierno en nuestra Guatemala.

 

La lista de ilustres nombres de estadistas siempre será cuestionable. Habrá quienes sumen y borren a presidentes y hasta jefes de gobierno, pero creo que al terminar esta nota pocos le negarán a Álvaro Arzú esta categoría, porque sus logros de carácter histórico e importancia para el curso del Estado de Guatemala crecen día tras día.

 

Otros personajes que le antecedieron pusieron diferentes piedras en esta casa llamada patria. Un doctor Juan José Arévalo y sus luchas por el establecimiento de una democracia real, con su seguro social, el voto para las damas y el privilegio para la educación laica; quizá un Vinicio Cerezo y su deseo por dejar bien establecido el derecho popular a la protesta; quizá un Ramiro De León y su esfuerzo por devolver al sistema democrático la oportunidad de sobrevivir al golpe serranista….todos ellos y muchos otros que citan tratadistas e historiadores expertos, y por supuesto, que pueden ser comentados y discutidos en toda mesa, en todo hogar, en todo grupo.

 

Un Estadista en el buen sentido de la palabra es el conductor de asuntos del Estado cuyas decisiones provocan cambios positivos y de beneficio para la nación. Hay muchas personas que podrían discrepar sobre este concepto, más a la luz de los hechos históricamente reconocidos, un Estadista es más que un presidente, más que un caudillo, mas que un funcionario; es un hombre que ha modificado el curso de la nación con sus decisiones.

 

Arzú será siempre sujeto de crítica y mención por ser el primer promotor de la apertura del mercado de servicios públicos, permitiendo que a la par de privatizar, se abriera la libre competencia entre proveedores independientes. O sea, que su gestión no se limitó a vender los bienes del Estados como muchos lo hicieron en Latinoamèrica sino a reformar el concepto de servicios básicos ante el pueblo.

 

Hoy nadie negará que pese a la polémica, hay decenas de miles de teléfonos y competencia entre cinco compañías que pagan impuestos y que son proveedoras de ese servicio como nunca   nadie   lo   imaginó.   Hay   electricidad   disponible   como   no   se   tuvo   antes, independientemente que estemos de acuerdo o no con la justicia de las tarifas, es claro que no tener ese servicio de manera ininterrumpida serìa muchìsimo màs caro para todos en lo particular y para la naciòn en su conjunto.

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El país está mejor hoy con esas decisiones de Arzú que sin ellas. Pese a la tormenta política y los sinsabores que muchos hemos tenido que vivir, la mayoría del pueblo está hoy mejor que hace 10 años en tèrminos relativos, aunque viviendo una de las èpocas de inseguridad ciudadana màs crudas de nuestra historia

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Si la acción de Arzú presidente fue trascendental en lo económico, en lo político fue mayor aun, porque le correspondió completar en corto plazo un proyecto acariciado por varios gobiernos y comunidades de interés por decenios: logró el fin del conflicto armado interno, consiguiendo la firma de la paz y estableciendo una serie de acuerdos de Estado que sentaron un marco de referencia para convertir a una nación en guerra en una que busca su desarrollo en un marco de paz.

 

Que a muchos no les guste o simplemente no entiendan la importancia de esos acuerdos, es otra cosa. Pero los acuerdos evitaron cientos de muertes y el gasto de millones de quetzales tras la destrucción de bienes públicos y privados.

 

Un cambio de concepto en época de cambios

 

Regionalmente, Arzú mejoró logros a su homólogo y amigo Alfredo Cristiani, presidente de El Salvador. Con una perspectiva más clara, el mandatario guatemalteco consiguió reformular el tema libertad en una sociedad de post guerra, conduciendo a la sociedad y sus estructuras por un complejo laberinto de enfrentamientos y odios hasta poner a salvo la paz. En paralelo, inyectó desarrollo al Estado, reduciendo su tamaño y exigiéndole eficiencia como pocas veces se había hecho. Privilegió la gestión administrativa sobre la gestión política e hizo sentir a muchos ciudadanos que el presidente encabezaba un equipo de funcionarios al servicio del pueblo.

 

Ninguna sorpresa dejaba esa tónica política al mando de la nación. Desde su llegada a la alcaldía y aun al Inguat en la época luquista, Arzú había dado muestras de tener una visión precisa de cómo ayudar al país. Sus esfuerzos por impulsar la imagen de Guatemala como destino turístico aún con un gobierno cuestionado por la comunidad de derechos humanos, marcan un hito histórico por pocos reconocido. Luego, transformó el concepto de la alcaldía más grande del país para convertir loque por muchos años fue un botín político en una escuela de servicio y atención cada día mejorada.

 

Más allá de los resultados del día a día, el trabajo de Arzú se refleja en cambios al concepto del municipalismo. De la misma manera que sus sucesores han trabajado por hacer de la municipalidad un ente de servicio –como lo hicieron Oscar Berger y Fritz García en su momento, y Tono Coro en la actualidad en Santa Catarina Pinula- Arzú cambió con decisión una tradicional lentitud y corruptela en sindicatos, líneas de servicio y todo aquello relacionado con el servicio municipal. Hizo que los ciudadanos se sintieran respaldados por sus servidores e introdujo valores como eficiencia y honestidad en la mente de los municipalistas.

 

Por eso fue presidente. Porque Arzú ya había demostrado que se podían hacer cambios en beneficio de las mayorías. Hoy, la historia no puede mentir al revisar el trabajo de un presidente que sacudió las estructuras del Estado y legó a la nación nuevos referentes del servicio público

 

El valor del tesón

 

De todas las acciones de Arzú presidente, quizá la de mayor trascendencia haya sido el esfuerzo por reducir el tamaño y la influencia del ejército en un Estado que se encaminaba a la paz. Acabado el conflicto, transformó enérgica y sostenidamente a la milicia. Decisiones como la presión sobre las fuerzas armadas para convertirse en una fuerza de apoyo y no de ocupación, le ganaron mucha animadversión más le permitieron apostar por un país mejor construido y en la ruta de la institucionalidad democráctica.

 

Por si esto fuera poco, consiguió eliminar parte de la ineficiencia burocrática en sectores críticos como Caminos, Salud Pública y Educación. Aportes valiosos como el Pronade –atacado por Portillo bajo la visión populista- o el sistema de compras de medicinas y servicios para el ministerio de Salud Pública –bajo la gestión en ese momento del actual ministro Maco Sosa- o la entrega a empresas privadas del mantenimiento de la red vial, constituyen logros estructurales que abrieron las puertas a una sociedad más activa, más dispuesta a tomar decisiones, correr riesgos y alcanzar resultados. Se opacó de esa forma la tendencia chapina a la subordinación del ciudadano ante el gobierno, y se puso en orden la estructura de la nación: el gobierno atiende los intereses del Estado y éste, los del pueblo.

 

Por eso ahora que se ha hecho público el anuncio de la enfermedad de Álvaro Arzú, justo es reconocer a tiempo sus méritos y abrir la discusión para que el personaje histórico no se construya sobre una tumba, sino se erija en vida, compartiendo aprendizajes y enseñanzas con quienes le sucederán el la faena de conducir la nación.

 

Tengo esperanza, por experiencia cercana en el tiempo y dolorosamente próxima a mi alma, como es el caso de mi amada esposa, que Arzú en su fortaleza logre sobreponerse al mal que le aqueja. Es un ruego que hago por el ser humano afectado por el cáncer. Más tomo un espacio de este medio para recopilar en unas cuantas líneas gruesas algo del mérito ciudadano de Álvaro Arzú, el último de los estadistas chapines que concluyò sin sobresaltos su gobierno.

 

Dejo abierta la discusión, porque creo que hay muchísimo más que reconocer y aplaudir a una persona que, dejando de lado la ambición y la embriaguez que causa la popularidad presidencial y el poder, supo centrarse en su misión de servicio a los ciudadanos.

 

Acaso a muchos les haya parecido siempre que Arzú fue un antipático y prepotente mandatario. Quizá así fue, yo mismo lo he pensado y siempre le reproche su falta de ànimo para adoptar una actitud màs conciliadora con la prensa. Más debo reconocer que supo hacer su trabajo y que ser presidente no precisamente es ser popular: es un cargo para el cual se debe ser eficiente, hacer de sus colaboradores servidores eficientes y de la estructura del Gobierno un apoyo y ejemplo de compromiso para con el pueblo. Creo que Arzú cumplió con eso.

 

El contraste y la historia eso me indican.

 

 

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